En gastronomía hay una verdad universal: el buen producto, el buen servicio y la buena cocina cuestan dinero. Aun así, en los últimos años se ha instalado la búsqueda constante del “catering barato”, como si reducir el presupuesto fuera más importante que entender qué hay detrás de ese número.
La pregunta es sencilla:
¿puede un catering muy barato ofrecer un servicio impecable y platos que emocionen?
La respuesta, aunque incómoda, suele ser no.

El juego invisible del coste: alguien siempre paga la cuenta
Cuando el precio baja por debajo de cierto punto, los recortes aparecen siempre en los mismos sitios.
Recortes en la materia prima
Un catering que promete precios irrisorios no trabaja con el mejor pan, ni con carnes seleccionadas ni con pescado realmente fresco. Trabaja con lo que puede, no con lo que conviene. Y en cocina, la calidad del producto no se disfraza.
Personal sin formación ni experiencia
Servicio lento, descoordinación, errores… nada de eso es casual. El personal cuesta dinero. Reducir ese coste implica reducir atención, cuidado y profesionalidad.
Logística y seguridad alimentaria en riesgo
Transporte refrigerado, manipulación correcta, control de temperaturas, equipamiento adecuado. Todo esto tiene un coste. Cuando se buscan atajos, el riesgo crece más rápido que el ahorro.
El gran olvidado en los presupuestos: el servicio
Un buen servicio es orden, fluidez y tranquilidad.
Es que el anfitrión no tenga que resolver problemas, ni vigilar bandejas, ni preocuparse por tiempos o bebidas.
Eso no se improvisa: se entrena.
Y entrenar equipos requiere tiempo y dinero. Por eso, cuando el catering es excesivamente barato, el servicio suele ser el primer sacrificado.
El sabor no es un detalle secundario
Hay quien cree que mientras el plato sea bonito, todo vale. Error.
La gastronomía empieza por los ojos, pero termina en el paladar. Y es ahí donde se nota quién cocina de verdad y quién solo monta algo atractivo.
Un solo bocado mal ejecutado puede empañar un evento entero.
Contratar un catering es contratar experiencia
Un catering no vende bandejas de comida: vende tranquilidad.
Vende saber qué puede fallar, cómo gestionar tiempos, cantidades, alergias, temperaturas y públicos distintos.
Esa experiencia no aparece en presupuestos “chollo”.
Pero es justo lo que evita problemas el día del evento.
Qué deberíamos buscar realmente al elegir catering
Más que el precio final, conviene valorar:
✔ Buena materia prima
✔ Cocina honesta y bien ejecutada
✔ Personal formado
✔ Logística cuidada
✔ Servicio profesional
✔ Experiencia contrastada
Si alguien ofrece todo esto a un precio razonable, no es caro: es coherente.
El precio no define la calidad, pero da pistas
Un catering barato puede salir bien, sí.
Pero la probabilidad de que salga mal es mucho mayor.
Y cuando hablamos de un evento importante, la pregunta real no es cuánto cuesta el catering, sino:
¿Cuánto cuesta arruinar un momento irrepetible?
El precio no es el enemigo.
La ingenuidad, sí.
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